Uno a uno y en grupo
Texto, fotos y notas de voz, a solas o con todo el mundo. Si mencionas a alguien le llegará el aviso aunque tenga el grupo silenciado, que suele ser el motivo de mencionarle.
Lo que esperas de una aplicación de mensajería, hecho de forma que el servidor que hay en medio no pueda leer nada. Sin número de teléfono que entregar, sin anuncios, y con un servidor que puedes montar tú si prefieres no confiar en el nuestro.
Todo cifrado, todo activado de entrada. No hay un modo sin cifrar en el que puedas acabar sin darte cuenta.
Texto, fotos y notas de voz, a solas o con todo el mundo. Si mencionas a alguien le llegará el aviso aunque tenga el grupo silenciado, que suele ser el motivo de mencionarle.
Llama a alguien directamente. El audio va cifrado entre los dos teléfonos, y la comprobación de que hablas con quien crees viaja dentro de la conversación en la que ya confías.
Publica una foto, unas palabras o un enlace, el tiempo que tú elijas, una hora o una semana. Solo lo ven tus contactos, y al servidor nunca se le dice cuánto tiene que durar.
Cambia un mensaje después de enviarlo. En el otro teléfono aparece como el mismo mensaje, marcado como editado, y no como un segundo mensaje que nadie sabe distinguir del primero.
Dilo mientras lo tienes en la cabeza y deja que llegue a una hora decente. El mensaje espera en tu teléfono, no en el servidor, hasta que sale: no hay nada en ningún sitio que nadie pueda retener.
Pide que se te recuerde contestar, o duerme una conversación toda la tarde. Las dos cosas se guardan en tu teléfono: el servidor no sabe que una conversación está en pausa, ni que pensabas responder.
Haz que una conversación se recoja sola al cabo de una hora, un día o una semana. Se aplica a los dos teléfonos, y al servidor no se le dice que una conversación tiene temporizador, y mucho menos de cuánto.
Busca en todas tus conversaciones. Ocurre en tu teléfono, porque el servidor nunca ha podido leer ni una palabra, que es también la razón por la que nadie más que tú puede buscar en ellas.
Crea la cuenta con un nombre de usuario y un correo. La gente te encuentra por el nombre con el que ya te llama, y tu número se queda completamente al margen.
Si alguien cambia de teléfono, o si alguien intenta hacerse pasar por esa persona, la aplicación se detiene y te lo dice, con una sola cosa que puedes hacer al respecto. No hay manera de quitárselo de encima, porque no debería haberla.
Las fotos y los vídeos que envías desde el botón de la cámara se reconstruyen al salir, así que las coordenadas que escribió tu cámara no viajan con ellos, ni en un chat, ni en un grupo, ni en una historia. Enviar algo como archivo es la excepción: un archivo va exactamente tal cual, que es justamente para lo que sirve, así que mira antes qué lleva dentro.
Cuando compartes un enlace, es tu teléfono el que construye la tarjeta, así que el sitio nunca sabe nada de la persona a la que se lo enviaste. De ti sí se entera, y por eso hay un interruptor para desactivarlo.
Tu teléfono es el único sitio donde tus mensajes se pueden leer, así que es el único que merece la pena cerrar. Cara, huella o tu PIN de siempre, y vuelve a preguntar un minuto después de que dejes el teléfono. Está pensado para el aparato que alguien coge de la mesa, no para quien desmonte el almacenamiento.
Tu dirección sale de tu frase de acceso, no de quien te aloja. Así puedes tener buzón en más de un servidor, y si uno desaparece has perdido un buzón, no tu identidad, ni a la gente que sabe cómo encontrarte.
Los servidores también pueden pasarse mensajes entre ellos, así que tú y la persona a la que escribes no tenéis que estar en el mismo. Conviene saberlo por los dos lados: significa más donde elegir, y significa también que un servidor más ha visto pasar un mensaje. Preferimos decirlo a que lo descubras.